Había una vez un Maestro sabio que, reconociendo el potencial de uno de sus más queridos discípulos, le encargó cuidar un arrozal durante tres años 🌾✨. Este joven, lleno de entusiasmo y dedicación, recibió con mucho amor la tarea, consciente de la gran responsabilidad que ello implicaba.
Al cumplir el primer año, el Maestro decidió visitar el campo para observar cómo había evolucionado el cultivo. Al llegar, quedó gratamente sorprendido al ver que la cosecha había sido excelente 😊🌱. El discípulo, con su dedicación y esmero, había proporcionado a la tierra todo lo que necesitaba, regándola con el agua justa, sin excesos, pero con el amor y cuidado necesarios para que la tierra floreciera. Todo estaba en perfecto equilibrio, y el joven parecía estar en el camino correcto.
Al final del segundo año, el Maestro regresó para comprobar de nuevo el estado del arrozal. Esta vez, la cosecha fue aún más abundante 🥰🌾. El discípulo, habiendo aprendido la lección del año anterior, había abonado la tierra con paciencia y sabiduría, y el arrozal había respondido generosamente. El campo estaba lleno de vida, la tierra más nutrida y la cosecha prometía ser más rica y saludable. La alegría del joven era evidente, pues veía que sus esfuerzos estaban dando frutos.
Sin embargo, al concluir el tercer año, el Maestro volvió a visitar el arrozal para ver cómo había evolucionado el campo. Cuando llegó, se detuvo sorprendido por lo que encontró. Aunque la cosecha era más abundante que nunca, el arroz que crecía era pequeño y frágil, de mala calidad. A pesar de la abundancia de granos, estos no servían para nada, ni siquiera para el comercio. El discípulo, ansioso por lograr una cosecha aún más grande, había sobrealimentado la tierra, abonándola en exceso 🌱💥. El resultado fue que el arroz no pudo desarrollarse adecuadamente y la abundancia de nutrientes terminó siendo perjudicial para la planta.
El Maestro observó en silencio el campo y, con ternura y sabiduría, se acercó al discípulo. Le puso una mano sobre el hombro y, con voz serena, le dijo: «Así pasa con las personas. Cuando les das lo que necesitan en la medida justa, puedes fortalecerlas, ayudarlas a crecer y prosperar. Pero si les das más de lo que pueden manejar, sin permitirles desarrollar su propia fuerza y habilidades, las debilitas y les impides encontrar su verdadero potencial». 🌱✨
El discípulo, apenado por su error, comprendió que el equilibrio es la clave en todas las cosas. Aprendió que tanto en la vida como en el cultivo, el exceso de ayuda puede resultar contraproducente. Así, con humildad y gratitud, prometió al Maestro no solo cuidar de la tierra, sino también aprender a dar lo necesario para que todo pudiera crecer de manera natural y equilibrada. 🍚💖
Desde ese día, el discípulo entendió que, al igual que las plantas, las personas necesitan el espacio para crecer por sí mismas, para enfrentar sus propios desafíos y encontrar sus propias soluciones. Solo así, con el tiempo, florecerían en todo su esplendor. 🌿🌟


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